Mi visita a la cárcel de Camaná ha sido una de las experiencias más profundas de mi viaje misionero a esta prelatura. Como persona, cristiano, y significativamente como sacerdote.
Aquel día pude administrar el sacramento de la confesión a varios internos. Fue una ocasión para tener un contacto directo con: lo malo que el Demonio puede hacer el corazón del hombre y lo bueno que lo puede hacer Dios.
Todo ser humano es susceptible de ser engañado por el mal, pero también del arrepentimiento y la conversión desde la esperanza de un cambio de vida.
He dado muchas gracias a Dios por ser sacerdote, al poder absolver de la esclavitud de sus graves pecados a aquellas personas, devolverles la esperanza, consolarles de su remordimiento, acrecentar su fe y despertar su capacidad de amar mostrándoles la de la Iglesia.
¡Gloria a Dios!
Gonzalo
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